Ante la Asamblea Legislativa
1º de Mayo de 1974
Antes de dar lectura al mensaje del Poder
Ejecutivo, deseo presentar en nombre de éste, el más profundo agradecimiento a
los señores Legisladores, que han hecho posible la aprobación de leyes que eran
absolutamente indispensables. Y en esto quiero también rendir homenaje a los
señores senadores y diputados de la oposición, que con una actitud altamente
patriótica no han hecho una oposición sino una colaboración permanente que el
Poder Ejecutivo aprecia en su más alto valor. En una ocasión solemne como ésta,
ante un Congreso reunido en idéntica oportunidad a la de hoy, hace exactamente
veinte años, dije al pueblo argentino dirigiéndome a sus representantes:
"Nunca me he sentido otra cosa que un hombre demasiado humilde al servicio
de una causa siempre demasiado grande para mí, y no hubiese aceptado nunca mi
destino si no fuera porque siempre me decidió el apoyo cordial de nuestro
pueblo".
La conformación de nuestra doctrina, que
pueden aceptar todos los argentinos, porque tiene caracteres de solución
universal - y que incluso, puede ser aplicada como solución humana a la mayor
parte de los problemas del mundo como tercera posición filosófica, social,
económica y política - constituyó la primera etapa de lo que podría denominarse
la "despersonalización" de los propósitos que la revolución había
encarnado en mí; tal vez porque yo sentía desde mucho tiempo antes vibrar la
revolución total del pueblo, y estaba decidido, tal como lo expresé a los
trabajadores argentinos el 2 de diciembre de 1943, a "quemarme en
una llama épica y sagrada para alumbrar el camino de la victoria".
La doctrina fue adoptada primero por los
trabajadores. "Yo los elegí para dejar en ellos la semilla". "Lo
acabo de expresar: ¡Ellos fueron mis hombres!". "Elegí a los
humildes; ya entonces había alcanzado a comprender que solamente los humildes
podían salvar a los humildes".
Recuerdo que, cuando me despedía de la
Secretaría de Trabajo y previsión el 10 de octubre de 1945, entregué a ellos todos
mis ideales, diciéndoles más o menos, estas mismas palabras: "No se vence
con violencia: se vence con inteligencia y organización"; "las
conquistas alcanzadas serán inamovibles y seguirán su curso";
"necesitamos seguir estructurando nuestras organizaciones y hacerlas tan
poderosas que en el futuro sean invencibles"; "el futuro será
nuestro".
Antiguas palabras éstas, pero conservan aún
toda su vigencia. Regresan hoy a esta alta tribuna para señalar el curso de
nuestro irreversible proceso revolucionario y de una vocación nacional de
grandeza, que no se pueden torcer ni desvirtuar. Vivimos tiempos tumultuosos y
excitantes. Lo que antes apareciera como simple hipótesis y, generalmente, como
teoría negada o discutida, es hoy una realidad universal que está determinando
el curso de la historia.
La masas del Tercer Mundo se han puesto de pie
y las naciones y pueblos hasta ahora postergados pasan a un primer plano. La
hora de los localismos cede el lugar a la necesidad de continentalizarnos y de
marchar hacia la unidad planetaria. Felizmente, este tiempo que nos toca vivir
y dentro del que somos protagonistas inevitables, nos encuentra a los
argentinos unidos como en las épocas más fecundas de nuestra historia.
Es un verdadero milagro el que podamos ahora dialogar
y discrepar entre nosotros, pensar de diferente manera y estimar como válidas
distintas soluciones, habiendo llegado a la conclusión de que por encima de los
desencuentros, nos pertenece por igual la suerte de la Patria, en la que está
contenida la suerte de cada uno de nosotros, en su presente porvenir.
Nuestra Argentina está pacificada, aunque
todavía no vivimos totalmente en paz. Heredamos del pasado un vendaval de
conflictos y de enfrentamientos. Hubo y hay todavía sangre entre nosotros; reconocemos
esta herencia inmediata a que me he referido, y extraemos de ella la conclusión
de su negatividad. Pero no podemos ignorar que el mundo padece de violencia, no
como episodio sino como fenómeno que caracteriza a toda esta época. Que
caracteriza, diría a toda época de cambio revolucionario y de reacomodamientos,
en que un período de la historia concluye para abrir paso a otro.
Nosotros hemos encarado la Reconstrucción
Nacional. Entre sus más importantes objetivos está el de reconstruir nuestra
paz. Lo lograremos. No hay nada que no pueda alcanzarse con nuestras inmensas
posibilidades y con este pueblo maravilloso al que con orgullo pertenecemos.
No ignoramos que la violencia nos llega
también desde fuera de nuestras fronteras, por la vía de un calculado sabotaje
a nuestra irrevocable decisión de liberarnos de todos asomo de colonialismo.
Agentes del desorden son los que pretenden
impedir la consolidación de un orden impuesto por la revolución en paz que
propugnamos y aceptamos la mayoría de los argentinos.
Agentes del caos son los que tratan,
inútilmente, de fomentar la violencia como alternativa a nuestro irrevocable
propósitos de alcanza en paz el desarrollo propio y la integración
latinoamericana, únicas metas para evitar que el año 2000 nos encuentre
sometidos a cualquier imperialismo. Superaremos también esta violencia, sea
cual fuere su origen.
Superaremos la subversión. Aislaremos a los
violentos y a los inadaptados. Los combatiremos con nuestras fuerzas y los
derrotaremos dentro de la Constitución y la Ley. Ninguna victoria que no sea
también política es válida en este frente. Y la lograremos. Tenemos no sólo una
doctrina y una fe, sino una decisión que nada ni nadie hará que cambie.
Tenemos, también, la razón y los medios de hacerla triunfar. Triunfaremos, pero
no en el limitado campo de una victoria material contra la subversión y sus
agentes, sino en el de la consolidación de los procesos fundamentales que nos
conducen a la Liberación Nacional y Social del Pueblo Argentino, que sentimos
como capítulo fundamental de la liberación nacional y social de los pueblos del
continente.
Las fuerzas del orden -pero del orden nuevo,
del orden revolucionario, del orden del cambio en profundidad- han de imponerse
sobre las fuerzas del desorden entre las que se incluyen, por cierto las del
viejo orden de la explotación de las naciones por el imperialismo, y la
explotación de los hombres por el imperialismo, y la explotación de los hombres
por quienes son sus hermanos y debieran comportarse como tales. Todo esto -y
todos tenemos conciencia de ello- se encuentra en marcha. Cada día que pasa nos
acerca a las metas señaladas.
Ha comenzado de este modo el tiempo en que
para un argentino no hay nada mejor que otro argentino. Ésto sólo es ya
revolución de suficiente trascendencia como para agradecer a Dios que nos haya
permitido vivir para disfrutarlo. Estamos terminando con la improvisación,
porque no sólo el País lo exige, sino que el mundo no admite otra alternativa.
Se percibe ya con firmeza que la sociedad
mundial se orienta hacia u Universalismo que, a pocas décadas del presente, nos
puede conducir a formas integradas, tanto en el orden económico como en el
político. La integración social del hombre en la tierra será un proceso
paralelo, par lo cual es necesaria una firme y efectiva unión de todos los
trabajadores del mundo, dada por el hecho de serlo y por lo que ellos
representan en la vida de los pueblos.
La integración económica podrá realizarse
cuando los imperialismos tomen debida conciencia de que han entrado en una
nueva etapa de su accionar histórico, y que servirán mejor al mundo en su
conjunto y a ellos mismos, en la medida en que contribuyan a concebir y
accionar a la sociedad mundial como un sistema, cuyo único objetivo resida en
lograr la realización del hombre en plenitud, dentro de esa sociedad mundial.
La integración política brindará el margen de
seguridad necesario para el cumplimiento de las metas sociales, económicas,
científico-tecnológicas y de medio ambiente, al servicio de la sociedad
mundial.
El itinerario es inexorable y tenemos que
prepararnos para recorrerlo. Y aunque ello parezca contradictorio, tal evento
nos exige desarrollar desde ya un profundo nacionalismo cultural como única
manera de fortificar el ser nacional, para preservarlo con individualidad
propia en las etapas que se avecinan.
El mundo en su conjunto no podrá constituir un
sistema, sin que a su vez están integrados los países en procesos paralelos.
Mientras se realice el proceso universalista, existen dos únicas alternativas
para nuestros países: neocolonialismo o liberación.
La pertinacia en levantar fronteras
ideológicas no hace sino demorar el proceso y aumentar el costo de construcción
de la sociedad mundial. Para construir la sociedad mundial, la etapa del
continentalismo configura una transición necesaria. Los países han de unirse
progresivamente sobre la base de la vecindad geográfica y sin imperialismos
locales y pequeños. Esta es la concepción de la Argentina para Latinoamérica:
justa, abierta, generosa, y sobre todas las cosas, sincera.
A niveles nacionales, nadie puede realizarse
en un país que no se realiza. De la misma manera, a nivel continental, ningún
país podrá realizarse en un continente que no se realice.
Queremos trabajar juntos para edificar
Latinoamérica dentro del concepto de comunidad organizada. Su triunfo será el
nuestro. Hemos de contribuir al proceso con toda la visión, la perseverancia y
el tesón que hagan falta. Sólo queremos caminar al ritmo del más rápido. Y
teniendo en cuenta que no todos han de pensar de la misma manera, respetuosos
de sus decisiones, habremos de unirnos resueltamente con quienes quieran seguir
nuestro propio ritmo. Latinoamérica es de los latinoamericanos. Tenemos una
historia tras de nosotros. La historia del futuro no nos perdonaría el haber
dejado de ser fieles a ella. Paralelamente, nos uniremos a la acción d los
países del Tercer Mundo, con los cuales ya estamos unidos en la idea.
Nuestra tarea común es la liberación.
LIBERACIÓN tiene muchos significados:
· En lo POLÍTICO, configurar una nación
sustancial, con capacidad suficiente de decisión nacional, y no una nación en
apariencia que conserva los atributos formales del poder, pero no su esencia
· En lo ECONÓMICO, hemos de producir
básicamente según las necesidades del pueblo y de la Nación, y teniendo también
en cuenta las necesidades de nuestros hermanos de Latinoamérica y del mundo en
su conjunto. Y, a partir de un sistema económica que hoy produce según el
beneficio, hemos de armonizar ambos elementos para preservar recursos, lograr
una real justicia distributiva, y mantener siempre viva la llama de la
creatividad.
· En lo SOCIO-CULTURAL, queremos una comunidad
que tome lo mejor del mundo del espíritu, del mundo de las ideas y del mundo de
los sentidos, y que agregue a ello todo lo que nos es propio, autóctono, para
desarrollar un profundo nacionalismo cultural, como antes expresé. Tal será la
única forma de preservar nuestra identidad y nuestra auto-identificación.
Argentina, como cultura, tiene una sola manera de identificarse: ARGENTINA. Y
para la fase continentalista en la que vivimos y universalista hacia la cual
vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación con todas las culturas del
mundo, tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar.
· En lo CIENTIFICO-TECNOLOGICO, se reconoce el
núcleo del problema de la liberación. Sin base científico-tecnológica propia y
suficiente, la liberación se hace también imposible. La liberación del mundo en
desarrollo exige que este conocimiento sea libremente internacionalizado sin
ningún costo para él. Hemos de luchar por conseguirlo; y tenemos para esta
lucha que recordar las escencias: todo conocimiento viene de Dios.
· La lucha por la liberación es, en gran
medida, lucha también por los RECURSOS Y LA PRESERVACIÓN ECOLÓGICA, y en ella
estamos empeñados. Los pueblos del Tercer Mundo albergan las grandes reservas
de materias primas, particularmente las agotables. Pasó la época en que podían
tomarse riquezas por la fuerza, con el argumento de la lucha política entre
países o entre ideologías. Tenemos que trabajar para hacer también del Tercer
Mundo una comunidad organizada. Esta es la hora de los pueblos y concebimos
que, en ella, debe concretarse la unión de la humanidad.
Finalmente, la liberación exige una correcta
BASE INSTITUTCIONAL, tanto a nivel mundial como en los países individualmente.
La organización institucional tendrá que ser establecida una vez clarificado:
qué se quiere, cómo se ha de lograrse lo que se quiere, y quién ha de ser responsable
por cada cosa.
Venimos haciendo en el País una revolución en
paz para organizar a la comunidad y ubicarla en óptimas condiciones a fin de
afrontar el futuro. Revolución en paz significa para nosotros desarmar no sólo
las manos sino los espíritus, y sustituir la agresión por la idea, como
instrumento de lucha política. Hemos sido consecuentes con este principio. Así
reunimos a los máximos líderes de los PARTIDOS POLITICOS que no integran el
Frente Justicialista de Liberación, en diálogo abierto y espontáneo con los
Ministros del Poder Ejecutivo Nacional, y seguiremos haciéndolo en adelante.
La JUVENTUD ARGENTINA, llamada a tener un
papel activo en la conducción concreta del futuro, ha sido invitada a
organizarse. Estamos ayudándola a hacerlo sobre la base de la discusión de
ideas, y comenzando por pedir a cada grupo juvenil que se defina y que
identifique cuáles son los objetivos que concibe para el País en su conjunto.
Este es el inicio. El fin es la unión de la juventud argentina sin distinciones
partidarias; y el camino es el respeto mutuo y la lucha, ardorosa sí, pero por
la idea.
Los TRABAJADORES, columna vertebral del
proceso, están organizándose para que su participación trascienda largamente de
la discusión de salarios y condiciones de trabajo. El país necesita que los
trabajadores, como grupo social, definan cuál es la sociedad a la cual aspiran
de la misma manera que los demás grupos políticos y sociales. Ello exige
capacitación intensa y requiere también que la idea constituya la materia prima
que supere a todos los demás instrumentos de lucha.
Los EMPRESARIOS se han organizado sobre las
bases que han hecho posible su participación en el diálogo y el compromiso. De
aquí en más, el Gobierno ha de definir políticamente, actividad por actividad,
y comprometer al empresario en una tarea conjunta, para que su capacidad
creativa se integre al máximo el interés del País.
Para identificar el papel de los
INTELECTUALES, haya que comenzar por recordar que el País necesita un modelo de
referencia que contenga, por lo menos, los atributos de la sociedad a la cual
aspira, los medios de alcanzarlos, y una distribución social de
responsabilidades para hacerlo. Este proceso de elaboración nacional tendrá que
lograrse convergiendo tres bases al mismo tiempo: lo que los intelectuales
formulen, lo que el País quiera y lo que resulte posible realizar. A ellos toca
organizarse para hacerlo. El intelectual argentino debe participar en el
proceso, cualquiera sea el país en que se encuentre.
Las FUERZAS ARMADAS están trabajando en el
concepto de guerra total y, en consecuencia, de defensa total. La verdadera
tarea nacional es la de la liberación, y nuestras Fuerzas Armadas la han
asumido en plenitud. La defensa se hace así contra el neocolonialismo y, el compromiso
de las Fuerzas es con el desarrollo social integrado del País en su conjunto,
realizado con sentido nacional, social y cristiano.
Hay una cabal coincidencia entre la concepción
de la IGLESIA, nuestra visión del mundo y nuestro planteo de justicia social,
por cuanto nos basamos en una misma ética, en una misma moral, e igual prédica
por la paz y el amor entre los hombres.
En cuanto a la MUJER, estamos profundamente
satisfechos, como mandatarios y como hombres, de su evolución en nuestra
sociedad. Más de veinticinco años pasaron desde que la asignación del derecho
de voto femenino terminó con su subordinación política. Nuestras mujeres
mostraron desde entonces que pueden trabajar, elegir y luchar como los varones
y preservar, al mismo tiempo, los atributos de femineidad y de esposas y madres
ejemplares con que impregnan de afecto nuestra vida.
Estas concepciones, que vienen fortificando
nuestra acción presente y que constituyen nuestro programa grande para el
futuro, configuran el contenido básico del MODELO ARGENTINO que en breve
ofreceremos a la consideración del País.
Nuestra Argentina necesita un PROYECTO
NACIONAL, perteneciente al país en su totalidad. Estoy persuadido de que, si
nos pusiéramos todos a realizar este trabajo y si entonces comparáramos nuestro
pensamiento, obtendríamos un gran espacio de coincidencia nacional. Otros
países que han elaborado un estilo nacional tuvieron uno de dos elementos en su
ayuda: o siglos para pensarse a sí mismos, o el catalizador de la agresión
externa.
Nosotros no tenemos ni una ni otra cosa. Por
ello, la incitación para redactar nuestro propio MODELO tiene que venir
simplemente de nuestra toma de conciencia. Como Presidente de los argentinos
propondré un MODELO a la consideración del país, humilde trabajo, fruto de tres
décadas de experiencia en el pensamiento y en la acción. Si de allí surgen
propuestas que motiven coincidencia, su misión estará más que cumplida.
El MODELO ARGENTINO precisa la naturaleza de
la democracia a la cual aspiramos, concibiendo a nuestra Argentina como una
democracia plena de justicia social. Y en consecuencia, concibe al Gobierno con
la forma representativa, republicana, federal y social. Social por su forma de
ser, por sus objetivos y por su estilo de funcionamiento.
Definida así la naturaleza de la democracia a
la cual se aspira, hay un solo camino para alcanzarla: gobernar con
PLANIFICACIÓN.
Habremos también de proponer al País una
reforma de la CONSTITUCION NACIONAL. Para ello estamos ya trabajando desde dos
vertientes: por un lado, recogiendo las opiniones del País; y por el otro,
identificando las solicitaciones del MODELO ARGENTINO.
Quiero finalmente referirme a la PARTICIPACION
dentro de nuestra democracia plena de justicia social.
EL ciudadano como tal se expresa a través de
los partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado a este recinto su
capacidad de elaborar historia.
Pero también el hombre se expresa a través de
su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc.
Como tal, tiene que participar en otro tipo de
recinto: el CONSEJO PARA EL PROYECTO NACIONAL que habremos de crear enfocando
su tarea sólo hacia esa gran obra en la que todo el País tiene que empeñarse.
Ningún partícipe de este CONSEJO ha de ser un
emisario que vaya a exponer la posición del Poder Ejecutivo o de cualquier otra
autoridad que no sea el grupo social al que represente.
Queremos, además, concretar nuestro
pensamiento acerca de la forma de configurar las concepciones de cada grupo
social y también de cada grupo político.
Concebimos que los criterios formalizados en
bases, plataformas u otros cuerpos escritos que expresen el pensamiento de
partidos políticos y grupos sociales, no pueden ser otra cosa que su versión de
PROYECTO NACIONAL.
Esclarezcamos nuestras discrepancias, y, para
hacerlo, no transportemos al diálogo social institucionalizado nuestras propias
confusiones.
Limpiemos por dentro nuestras ideas, primero,
para construir el diálogo social después.
Estas son, señores Legisladores, las
principales reflexiones que, como Presidente de todos los Argentino me he
sentido en el deber de traer hoy a vuestra alta consideración.